Wunala Dreaming

17 junio 2007

Los caprichos del destino

Filed under: Stormy — Patrick Ryan @ 12:06

Acompañaba ayer a mi hermano a comprarse una crema de protección solar ante su inminente viaje a Mallorca en viaje de fin de curso. Al regresar pasamos por el parque de al lado de casa y me pregunta si fue por allí donde me fastidié una vez la mano.

Flashback, mayo de 1988. Estaba en ese mismo parque, columpiándome en una barca para dos ocupantes, bien feliz yo balanceándome, sintiéndose como quien surca los mares, o los aires, con esa sensación dulce en el estómago cada vez que la barca se lanzaba de nuevo hacia adelante; disfrutando de la vida como solo se disfruta cuando uno es pequeño y está carente de preocupaciones. Para hacerlo más emocionante iba agarrado a las barras inferiores de la barca, en una posición muy de motorista o ciclista.

Hasta que llego el gamberro abusón de turno. Que a fin de cuentas, junto a una tormenta que te hiciese regresar a casa era de lo poco que te podía empañar un día. Pues bien, el gamberro abusón me instó a abandonar la barca ipso facto. Y eso que al lado había una exactamente igual desocupada, vamos que no es que llevase yo allí horas fastidiando al resto de chavales que se quisieran columpiar, en cuyo caso entendería (al menos a día de hoy) que fuese invitado a abandonar el columpio.

Mira que de peque, por ser un esmirriao era más bien cobardica, no nos engañaremos. Pero de tanto en cuanto se me ponían cuadrados y permanecía en mi sitio. Y esta fue una de esas veces. Le dije que ni hablar del peluquín y me continué balanceando. Ante esa respuesta, el gamberro no podía dejar impune tal osadía por mi parte, así que comenzó a arrojarme la otra barca contra la mía, para hacerme desistir de mi obstinación. Yo ni inmutarme, ya se cansaría. Hasta que la otra barca impacto justo donde tenía mi mano izquierda y tuve que desistir de mi actitud. Por primera vez (y última) me llegué a ver mis propios huesos, ya que me abrió un boquete entre el meñique y el anular; para casa y al hospital.

– ¿Y no te vengaste?- me pregunta mi hermano.

Bueno, bastante asustado estaba con la herida que tenía encima, lo que necesitaba era poner los pies en polvorosa. Eso sí, antes de hacerlo le dediqué una retahila de insultos que el gamberro no tuvo cojones de replicar. Así que no, yo no me vengué. Sin embargo, la vida lo vengó de ésta, y quizá de alguna más. A pocos metros de donde me había abierto una brecha en la mano, unos años después tuvo un accidente de moto y se quedó en silla de ruedas.

¿Una ironía del destino?

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